Ibáñez Ibáñez, Fidel


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Descripción:


El sacerdote Fidel Ibáñez Ibáñez, que fue secretario del arzobispo de Oviedo Javier Lauzurica en los años cincuenta del pasado siglo, nació en Tielve (pueblo del concejo o municipio asturiano de Cabrales) el 2 de abril de 1925, y falleció en la Casa Sacerdotal de Oviedo, donde residía, el 13 de enero de 2010, a los 84 años de edad. Sus restos fueron enterrados en el cementerio ovetense de El Salvador.

Animado por un sacerdote de su parroquia, Pedro Fernández Rodríguez, ingresó en el Seminario,donde hizo gran amistad con un compañero suyo, el futuro cardenal asturiano, Francisco Álvarez. En Tapia de Casariego, Valdediós (Villaviciosa) y, por último, en el nuevo Seminario del Prao Picón (Oviedo) cursó los estudios de Filosofía y Teología de la carrera sacerdotal.

Ordenado sacerdote el 14 de junio de 1953, ejerció los primeros meses de su ministerio sacerdotal en Tielve. Fue por entonces cuando se le nombró secretario de monseñor Javier Lauzurica y Torralba, responsabilidad que desempeñó hasta 1957.

Seguidamente se le encomendaron distintas tareas, siempre en Asturias. Primero fue párroco de San Martín de Podes y en Laviana de Gozón, luego en Fresnedo (Nava) y Pandenes (Villaviciosa). Con posterioridad (años sesenta), ejerció como formador del Seminario Menor. En 1972 fue destinado a Santianes de Pravia y se hizo al mismo tiempo cargo de la capellanía del Colegio de los Cabos, dedicado entonces a la educación de los niños huérfanos de la Guardia Civil. Después fue enviado a Arriondas (capital del concejo de Ribadesella), donde estuvo desde 1982 a 1998, año en que, por decisión del arzobispo Gabino Díaz Merchán, pasó a ser vicerrector de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús (la popular Iglesiona de Gijón, hoy basílica), donde ayudó a su rector, el entonces obispo auxiliar Atilano Rodríguez, a facilitar el cambio de titularidad del templo de la Compañía de Jesús, que en aquellos momentos había rehusado continuar la labor pastorall en el mismo, a la Diócesis de Oviedo. (Fuente: EuroWeb Media, SL)

Nota

La foto del Rvdo. D. Fidel Ibáñez nos ha sido facilitada por Gijón Católico, blog/página dedicada a la divulgación, debate y promoción de las actividades y tradiciones de la comunidad católica de la villa gijonesa.

DON FIDEL. LA TRAYECTORIA DE UN SACERDOTE QUE SÓLO SEMBRÓ BONDAD

Autor: Javier Gómez Cuesta*, párroco de San Pedro de Gijón

El nombre que le pusieron en el bautismo fue toda una profecía. Fue un hombre fiel a la Iglesia, a los amigos, a su pueblo cabraliego de Tielve, donde nació y ejerció los seis primeros meses de su ministerio sacerdotal, recibido el 14 de junio del año 1953, seguramente porque en aquellos pueblos de ensueño, colgados en la montaña asturiana de los Picos de Europa, tierra de los mejores quesos y cabritos, en aquel momento no había sacerdote. Allí, donde había nacido el 2 de abril de 1925, entre los suyos comenzó su vida sacerdotal. Allí volvería todos los veranos a pasar un mes de vacaciones con su hermana Margarita y su cuñado Pablo (tantos años en el servicio de la portería y cuidador del Arzobispado, hombre leal y responsable) y sobrinos, a los que quiso y le quisieron mucho. Volvía siempre con el regalo de un sabroso y mejor queso de Tielve, el que gana más concursos, para sus amigos. Debe saberse que una de las mejores cuevas donde se fermenta el queso picón lleva el nombre de la Cueva del Cura. ¡Sabrosísimo!

Don Fidel fue al Seminario porque en su parroquia había un sacerdote, oriundo de La Magdalena, de León, preocupado por las vocaciones, don Pedro Fernández Rodríguez, que unos años más tarde, después de la Guerra Civil, sería nombrado párroco de Cuenya y Tresali, en Nava, y que llevaría también al Seminario a don José Luis González Novalín, lo que hizo que surgiera entre los dos seminaristas una entrañable amistad. Como todos los de aquellos años, pasó hambre en Tapia, austeridades y disciplina prusiana en Valdediós, para pasar a estrenar después el nuevo Seminario del Prao Picón, en Oviedo.

Debido a su temperamento sereno, sencillo, servicial, discreto y rezumando bondad, fue nombrado capellán de aquel arzobispo señero y con notas de genialidad que fue don Javier Lauzurica, juntamente con don Francisco Álvarez, cardenal emérito de Toledo. Era una estampa pintoresca ver a aquel corpulento y majestuoso vasco, de modales nobles, acompañado de aquellos dos sacerdotes de estatura menos que mediana, pero ágiles y vivaces. Muchas cosas y anécdotas sabía don Fidel, al que guardó siempre un gran cariño y fidelidad. Desde entonces, en su habitación hubo siempre una fotografía de este prelado, alto, señorial, de decisiones ocurrentes e inmediatas, que marcó una etapa singular en la historia reciente de la diócesis y que fue un enamorado de Covadonga.

Viendo el currículum de don Fidel, que lleva en su haber cincuenta y seis años de cura, uno no puede menos que admirar su disponibilidad. Nunca pidió o solicitó parroquia o cargo alguno, pero hizo de todo y anduvo evangelizando por media Asturias. San Martín de Podes, en Gozón; Fresnedo, en Nava; Pandenes, en Villaviciosa; prefecto del Seminario Menor; Santianes, en Pravia, y capellán del colegio de Los Cabos, donde hizo una gran labor humana y educativa; arcipreste en aquella zona; Arriondas, en cuya parroquia tuvo que emprender importantes obras; capellán del Hospital del Oriente; miembro del colegio de consultores y del consejo presbiteral y, luego, cuando la diócesis tuvo que hacerse cargo de la llamada y conocida Iglesiona gijonesa del Sagrado Corazón, hoy basílica, el arzobispo don Gabino no dudó en nombrar como rector de ese santuario a don Fidel. No era fácil el cambio de los jesuitas. El padre general Kovenbach tuvo que resistir presiones y reivindicaciones no muy agradables. Don Fidel era la persona indicada para hacer una transición sin polémicas ni disgustos por su paciencia, su trato suave y compresivo, su diálogo conciliador y su espíritu de fortaleza. Y la verdad es que, acompañado del entonces obispo auxiliar, don Atilano, lo hizo de maravilla.

En todo este largo itinerario pastoral fue sembrando bondad, compañerismo, amor a la Iglesia, celo evangelizador. Un hombre que no metió ruido, que siempre quiso estar al día, que tuvo como una responsabilidad la formación continua y permanente, y de una finísima espiritualidad, nada ñoña, que le hizo confidente y confesor de muchos.

Desde el mes de septiembre, después de su preceptiva estancia vacacional en su pueblo de Tielve, respirando oxígeno y restableciendo su salud, que empezaba a dar síntomas de quebrantamiento, tuvo que retirarse, no sin sentimiento, a la casa sacerdotal.

La muerte, aunque con sorpresa, le encontró preparado. Del Señor habrá escuchado esas palabras que pueden resumir toda su vida: Fidel, hombre bueno y solícito, porque has sido fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Nota

(*) Este texto fue texto fue publicado también por Javier Gómez Cuesta en el diario La Nueva España con fecha jueves 14 de enero de 2010.

 

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